Irán, Irak,Kuwait,Arabia Saudí,Venezuela,Qatar,Indonesia, Libia,Emiratos Arabes,Argelia, Nigeria,Ecuador y Gabón.
Estos trece paises tienen en común el hecho caprichoso de que la naturaleza ha dotado sus subsuelos de una sustancia pegajosa y de difícil extracción.
También tienen en común un pasado de guerras y conflictos tanto internos como externos.
Solo hay que ver lo sospechoso de que estos paises tengan sistemas políticos impuestos a dedo por los EE.UU después de provocar maquiavélicamente guerras civiles y conflictos limitrofes con sus vecinos.
5 comentarios
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Que razon llevas.
Parece que mientras mantengan a la peña a base de "pan y circo" harán lo que les plazca.
Un saludo.
Totalmente de acuerdo sqater.
si nos preguntamos por que casualmente todos los paises pertenecientes de la OPEP han sufrido conflictos bélicos en los que han intervenido los EE.UU? La respuesta es el deseo del poder imperial del Gobierno mas asesino y vergonzoso del mundo, el Gobierno de la Casa Blanca, que no le importa a que precio lo pueda obtener, bombardeando escuelas, hospitales, apoderandose de los medios de comunicaciòn para poder bombardear de mentiras a todas las naciones (si tienen petròleo, mas), desestabilizando Gobiernos para asì poder intervenir en Paìses a cuenta de la democracia, Asì era el caso de Venezuela, donde una banda de apatridas querìan regalar el paìs a los asesinos imperiales, pero gracias a Dios nos tenemos a Chavez, lider de todas las naciones, ejemplo para todos los presidentes latinos. No volveran, con Chavez todo sin Chavez nada
REGRESANDO A CASA...
Se cuelgan de una viga en un granero de Nebraska. Se disparan en la boca con el rifle para cazar ciervos que recibieron como regalo al cumplir quince años, solos y sollozando entre la nieve en Wisconsin . Saltan al metro en la estación Canal Street de Nueva York. Se asfixian con bolsas plásticas. Tragan veneno para ratas, puñados de píldoras para dormir con litros de vodka o pesticidas agrícolas. Se ahogan con el monóxido de sus propios Pontiac en sus garages de San Diego, de Nueva Orleáns o de Chicago. Se abren las venas con un bisturí o se vuelan la cabeza con la escopeta de papá. Se acuestan en los rieles que van por Idazo, entre los maizales amarillos. Se ahogan en sus propios vomitos...
Y BUSCH?
La muerte los ha seguido hasta casa. La guerra nunca ha cesado para ellos. Ya son 6.256 los veteranos de entre 20 y 24 años los que se han quitado la vida tras volver con ella del Golfo, de Afganistán o de Irak. El doble de los caídos en acción.
Esa cifra es la auténtica derrota norteamericana.
La muerte enarbolando su guadaña ha entrado en los idílicos pueblitos de Carolina del Norte, Virgina o Nuevo México siguiendo a esos muchachos que, aparentemente habían librado con fortuna de las bombas y las emboscadas. La muerte se ha metido en el alma de esos jovencitos y no les dará tregua.
Y BUSCH?
Una mezcla entre el horror vivido y las secuelas de las drogas militares de diseño para mantener la alerta, el recuerdo del miedo y las atrocidades cometidas, o una letal combinación de todo aquello es la gran derrota de Norteamérica. Hay allí 25 millones de ex combatientes de diversas guerras. Pero ocurre que ahora han comenzado a suicidarse. Y caen como moscas.
No hay funeral con disparos de salva ni cementerio de Arlington para ellos. Sencillamente mueren. La guerra no ha cesado en sus mentes, ni en la vida de sus familias, ni en el espíritu del gran país de la democracia cantada por Whitman. Ellos han regresado a casa heridos en un sitio invisible. Llagados y sangrando en lo más profundo del alma. Y ya no hay un sentimiento de patria o de legitimidad que restañe esas heridas.
Y BUSCH?
Simplemente se van con una cuerda al establo y ponen fin a esa película de pesadillas que no los abandona. Esa es la gran derrota de Bush en su genocida campaña antiterrorista internacional. Miles de ellos ya no querrán vivir después de haber servido a la bandera de las barras y las estrellas. Ese símbolo ya no es lo que fuera durante la Segunda Guerra o Corea. Hoy un enemigo invisible está entrando a los porches de las casas, está acechando el día de San Valentín o de Acción de Gracias. Una sombra ha venido tras ellos desde los desiertos, desde los peladeros afganos. La muerte triunfa más allá de los bandos y las banderas.
No hay para esos jóvenes pobres que van a la guerra apoyo psicológico alguno. Sirven, visten el uniforme, matan, torturan, y adiós. Estados Unidos se está suicidando como alma nacional. El regreso a casa ya no significa nada. El páramo los sigue a donde vayan, y las ejecuciones y el miedo a morir y las misteriosas píldoras para mantenerse en pie noches y noches engendra en el fondo del ser un monstruo quimérico que carga una guadaña. Y se hace presente de súbito en un baño público de San Diego, en el taller de Encino, en la bodega de Boston, en la factoría de Detroit, en los mataderos de Chicago, en las salmoneras de Alaska o en la idílica Maine. Los sigue a donde vayan.
La muerte se cierne sobre América como un gran pájaro negro. Y eso es un signo de los tiempos. Una señal inequívoca de que algo se ha roto para siempre en el ser de los Estados Unidos. La publicitaria imagen del ex combatiente, duro y varonil fumando su Lucky ha saltado del Golden Gate y nadie puede rescatar su cadáver. Ya no hay una casa donde regresar de tanto espanto. Ya no hay paz que justifique tanto recuerdo mordiendo el hígado de esos niños empujados a guerras remotas. Parece que la casa a la que se regresa también ha sido quemada con un lanzallamas.
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